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9 DE FEBRERO - DÍA DE LA EDUCACIÓN METODISTA

 

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En el año de 2004 el Consejo Directivo de ALAIME acordó establecer el 9 de febrero de cada año como el Día de la Educación Metodista en América Latina, en recuerdo a la fundación del Colegio Metodista más antiguo de América Latina: el Instituto Mexicano Madero de la ciudad de  Puebla, México, en 1874.

Coincidentemente para Juan Wesley, fundador sin proponérselo, del Metodismo, el 9 de febrero era un día muy especial. Casi todos los años, él recordaba emocionado el generoso gesto divino de salvación ocurrido en 1710, cuando era niño; episodio que marcó profundamente su vida.

Su padre Samuel Wesley, narra así la experiencia:

 

“Poco después de las 23 horas oí el grito de “fuego” en la calle más próxima al lugar donde yo estaba acostado. Si hubiera estado en mi propio cuarto, como de costumbre, todos hubiéramos fallecido.

Salté de la cama, me vestí de chaleco y ropa de cama y miré por la ventana. Vi el reflejo de las llamas, pero no sabía dónde estaban. Calcé las medias y, con los pantalones en las manos, corrí al cuarto de mi mujer. Traté de forzar la puerta, cerrada desde adentro. Las dos hijitas más grandes, que estaban con ella, se levantaron y corrieron a la escalinata para despertar al resto de la familia.

Subí la escalera, encontré a los hijos; descendí y abrí la puerta a la calle. La paja del techo caía al fuego, el viento noreste lanzaba las llamas sobre mí. Dos veces intenté subir la escalera, pero fui obligado a ceder. Corrí hasta la puerta que daba al jardín y la abrí.

El fuego allí estaba más manso. Mandé a los hijos a seguirme, pero sólo dos de ellos se hallaban conmigo y un tercero (Carlos), que aún no sabía  andar, en los brazos de la criada. Corrí con él a mi gabinete en el jardín, fuera del alcance de las llamas; coloqué al menor al cuello de la otra y, percibiendo que mi esposa no me había seguido, me volteé apresuradamente para buscarla, pero no la encontré.

Descendí, corrí hasta los hijos en el jardín para ayudarles a vencer el muro

Del lado de afuera, oí a uno de mis pobres corderitos, de más o menos seis años de edad, todavía dejado en el segundo piso, clamar tristemente “Ayúdame”.

Corrí otra vez a la escalinata, pero ésta ahora se hallaba en llamas. Intenté vencerla por segunda vez, defendiendo la cabeza con los pantalones que llevaba en las manos; sin embargo, la corriente de fuego me tiró para abajo.

Creí haber cumplido mi deber y salí de la casa, en dirección a la parte de la familia que había salvado, con el clamor de mi hijo todavía en los oídos. Hice que todos se arrodillaran para pedir que Dios le recibiera el alma.

El pequeño que yo oía clamar por la ventana, corrió hacia la ventana que daba al huerto, se trepó en una silla y pidió socorro. Pocas personas se habían acercado, entre ellas un hombre que me aprecia. Él ayudó al otro a subir a la ventana, y el pequeño Juan saltó a sus brazos y fue salvad”

(Tomado del libro “Adoro la sabiduría

de Dios” de José Carlos Barbosa

Piracicaba, UNIMEP, 2002)

 

Mediante este acto milagroso, Dios permitió el desarrollo y la obra de un hombre estudioso, no solo del texto bíblico, sino también de las ciencias y las lenguas; reformador espiritual, divulgador de los preceptos contenidos en la Biblia, promotor de la Perfección Cristiana y de la Santidad Social, usando entre otros medios la educación, activista por la abolición de la esclavitud, fundador de escuelas.

 

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